Las lágrimas de los jugadores argentinos estaban justificadas. Lloraron Urzi, Barco, Gaich… Habían hecho un esfuerzo enorme, habían jugado con orden y con mucha concentración durante 120 minutos. Ese instante determinante, cuando durmieron en una pelota parada a favor de Mali y los africanos dejaron mano a mano a Konte para meter el 2 a 2. Entonces, el pase a los cuartos de final se definió por penales y falló Tomás Chancalay, el pibe de Colón, a quien le atajó el remate el buen arquero Youssouf Koita. 

Así, se terminó la ilusión de los pibes del Bocha Batista. ¿No lo merecían? Quizás, aunque no vale aprobar ese argumento sin destacar el potencial del rival, que fue superior en lo físico a Argentina, sobre todo cuando consiguieron el 1 a 1 en el segundo tiempo y el palo y Roffo impidieron el segundo gol africano.  

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